lunes, 7 de marzo de 2011

RECONOCIÉNDOTE (Eduardo Albarracín)










Cuando recupero los ecos

de todos mis gritos,

descubro en la oscuridad de la noche



con mi mano buscando a tientas,

que tu mano desde siempre estuvo lista

para asirme y rescatarme de mis miedos.

Y en ellas reconozco, mujer, que eres mi madre.



Cuando divago en el espacio

de las horas calladas,

buscando mi sangre en el torrente de la vida



y te descubro navegando bajo los mismos soles en que mi velero se agita,

te reconozco hermana, pedazo de mi misma esencia

nutriendo los recuerdos de la infancia.



Cuando se encendieron las hogueras

perturbadoras de mitos

y busqué en el olimpo de mis sueños a mi propia diosa,

descubrí que en el altar mayor de todos los templos

estaba mi otra parte esperando mi regreso.

Y ahí, mujer, te descubrí novia

llenando tú de azahares a todas las fragancias.



Al presentarle batalla a la vida en todos sus frentes

y reconocer en el fragor de la contienda

que solo nunca hubiera podido

torcer el destino de lucha tan despareja,

apareció estoica tu figura enarbolando la bandera de la victoria

y calzando en mi frente la diadema del triunfo,

cuando en tus garras estaba la hazaña.

Ahí supe, mujer, el valor de una esposa.



Cuando la luna callada bajó en alas de plata

a la sublime quietud de las entrañas,

para dejar las mieles aterciopeladas

de la maternal causa,

fue la vida misma que en un sublime beso

de canción de cuna y clave,

te puso mujer en el rol de hija.



Cuando los espacios azules se llenaron de cielo,

y descubrí que en tus ojos estaba

el fulgor de las estrellas iluminándome el camino,

reconocí que en ti, mujer, tenía una amiga,

y en el cofre de tu alma adornado de brillos

deposité con confianza todos mis temores.



Cuando parado en el silencio atónito

de mis vacíos existenciales elevo mis ojos al cielo,

buscando las respuestas que por sí solo no encuentro,

y descubro el rostro de una mujer, virginal e inmaculada,

que enjuga con amor infinito todas mis lágrimas,

descubro a Dios mismo sanando mis llagas.



Es que tú, mujer, resumes en la pequeñez de la carne

la inteligencia divina,

que supo interpretar a tiempo que sin ti, el mundo sería vano.

Entonces, ¡Gracias Mujer! Por encarnar en ese corazón generoso

todas las verdades y todas las revelaciones,

y derramar en ardorosa esperanza,

el amor que emana de Dios, descubriendo el rostro de todos sus amores.

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